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Aprende cómo superar una ruptura y abrirte al amor de la mano de Jorge Bucay en Seguir sin ti.

Seguir sin ti

Esta va a ser mi entrada más personal, con diferencia.
Nunca he pretendido hacer un blog-diario, contando mi día a día ni dando detalles sobre mi vida personal. En este blog me gusta compartir mis aprendizajes y creencias, para intentar ayudar a otras personas con lo que me ha ayudado a mi. Pero en esta ocasión para hablar de todo lo que me han enseñado este libro y otros recursos que he devorado estos días, necesito contar mi experiencia y el cambio que he experimentado. Os voy a resumir lo mucho que he aprendido a lo largo del último mes.

Siempre he sido bastante reservado a contar mis sentimientos, de hecho mis amigos dicen que es muy difícil llegar a conocerme y que muchas veces parece que “no siento nada”. Aquí trato de cambiar vidas compartiendo los libros que me han ayudado, así que es hora de desterrar en la mía algo que consideraba una virtud, pero que ha resultado ser un gran defecto: mi introversión.

Hace poco más de un mes mi novio me dijo que no aguantaba más, que se iba de casa.
Él no soportaba no saber lo que me pasaba por la cabeza, estaba harto de rellenar mis silencios con sus miedos, odiaba no encontrar en mi un apoyo y estaba convencido de que yo le ignoraba, que no me abría a él porque no le consideraba lo suficientemente importante.
Tardó poco en descubrir que en realidad yo estaba aterrado por no saber qué decirle y de qué forma para que no le molestase, cómo apoyarle sin agobiarle, cómo motivarle sin hacerle sentir tonto, cómo acallar sus miedos dejando atrás mis inseguridades.

El mismo día que se marchó le escribí una carta, en la que le explicaba con todo detalle cómo me sentía en cada momento de cada uno de sus reproches, en mi manera de ver la relación, en todo lo que pensaba que no iba bien pero que jamás le dije por miedo al rechazo. Acabé la carta con una declaración horrible: haría cualquier cosa que él quisiera, cambiaría lo que hubiera que cambiar, estaría siempre ahí para cuando él decidiera volver, pero le NECESITABA.

Por suerte en 48 horas ya había cambiado de pensamiento radicalmente, y no porque no le quisiera ni porque pretendiera olvidarle, más bien todo lo contrario. Me di cuenta que no debía verle como una necesidad y que por supuesto él no quería ver en mi a un esclavo y un sumiso. Comprendí que en realidad el dolor de perder a mi pareja no era tanto su partida, sino el golpe que asestó a mi ego y mi autoestima dejando al descubierto mis vulnerabilidades y mis defectos.
Tuve que asumir que lo que yo creía que estaba haciendo bien en realidad lo estaba haciendo de la peor manera posible y me puse a trabajar en un enfoque radicalmente distinto: mi prioridad no era recuperar a mi ex, tenía que recuperarme a mi mismo, dejar de ser la sombra de lo que algún día fui, retomar la independencia que sacrifiqué al compartir mi vida con mi pareja, aprender a vivir la vida con sentido y aumentar de todas las maneras posibles mi autoestima, mejorando la visión de mi mismo y sobretodo modificando aquello que sabía que fallaba.

En sólo un par de días tomé el control de la situación. No puedo decir que estuviera contento de que mi novio se hubiera marchado, pero pasé de sufrir una impotencia increíble al no poder hacer nada para que él volviese, a ilusionarme al comprender que en realidad lo que necesitaba era realizar un profundo cambio en mi vida que me llevase a ser la mejor versión de mi mismo. Y esa situación si que dependía casi en exclusiva de mi y no había tiempo de lamentarse, había que ponerse manos a la obra.

Creo que me he pasado media vida huyendo de mis problemas. Cada vez que algo no iba como deseaba, cambiaba de amigos, de piso, de lugar o incluso de ciudad. Mi segunda ruptura me hizo dejar mi pueblo para vivir en 5 ciudades diferentes durante poco tiempo, la infidelidad de mi tercer novio me llevó a vivir en Madrid 6 años de mi vida, la traición de mis dos mejores amigos me trajo a Barcelona y en Barcelona encontré un tesoro de cabello cobrizo que cambió mi visión de la vida y del amor.
Cuando el tesoro se esfumó pensé en volver a hacer la maleta e iniciar otra vida en otro lugar. Huyendo una vez más de los problemas. Intentando ser más rápido que ellos para que no me atrapasen. Creyendo, inútilmente, que lo vivido se esfuma alejándote del lugar en el que sucedió.

De adolescente mi película favorita era Piedras. Habré escuchado su monólogo final más de 1000 veces. Al final de la película la protagonista, abandonada por su novio, huye de Madrid iniciando una nueva vida en Lisboa.
Como ella, había intentado reiniciar mi vida en numerosas ocasiones, cada vez que algo no había salido como esperaba, sin comprender que si siempre parto de 0 jamás podré avanzar en el camino. Si no resuelvo mis problemas, se irán guardando a la espera de que alguien o algo vuelva a abrir ese cajón en el que se van amontonando cada vez más apretujados, sucios y desordenados. Si no me enfrento a mis miedos, les doy el permiso para hacerse cada vez más y más fuertes.

¿Dónde irán los sueños cuando no los conseguimos? Porque a algún sitio tienen que ir.


(Me marcó tanto esta peli que el último barrio en el que viví en Madrid fue Lavapiés, en el que se rodó)

En este mes sin él he aprendido una enseñanza importantísima: El temor a quedarse sólo o a comprometerse viene del mismo sentimiento; el miedo al rechazo, a que no nos acepten, a que lo que somos realmente no guste a los demás. Vivimos tras la máscara de un personaje sin atrevernos a mostrar nuestro verdadero yo. Si no gustamos a alguien no importa, es sólo nuestro personaje, nosotros no somos así. Nadie puede juzgarnos porque no nos conocen realmente.
Hay que trabajar duro para encontrarnos con nuestro verdadero yo y aceptarnos y gustarnos como somos. Necesitamos estar convencidos de lo que somos para no ser vulnerables a la opinión de los demás. Debemos confiar en nosotros mismos, en nuestras posibilidades y capacidades, antes de someternos al juicio exterior.
Si aumentamos nuestra autoestima y nos centramos en cambiar lo que nos desagrada de nosotros mismos (sin obsesionarse) ninguna opinión exterior podrá afectarnos gravemente. Si alguien nos rechaza sabremos que simplemente no éramos compatibles, que tuvimos fallos que corregiremos en el futuro y que nuestro profundo amor hacia nosotros mismos no convertirá al que se va en una necesidad. Sabremos dejarle ir agradeciéndole que nos haga ver lo que aun nos queda por cambiar para ser mejores.

No “necesitamos” aprobación de los demás para vivir. La aprobación es un premio para el que sabe que está viviendo la vida que quiere, siendo fiel a sus principios y a su integridad, pero no es una necesidad.
Cuando sabes esto no necesitas exponer tu imagen continuamente en redes sociales para hacer recuento del número de “Me gusta” que recibimos, no te obsesionas con aumentar ese número juzgando positivamente la imagen de los demás para que ellos te devuelvan el favor aumentando tu ego, no necesitas exhibir, falsear y retocar una vida con el único objetivo de gustar a los demás.
Y por supuesto, tampoco necesitas acostarte con todo bicho viviente para sentirte deseado, ni buscar desesperadamente una pareja que te alague en todo momento, ni amigos que prefieren adularte a serte sinceros.
El mundo cada vez está más loco, pero tú decides si quieres sumarte a él o romper ese círculo vicioso. Tú eliges si entras en ese juego de juzgar y que te juzguen, de mentir sobre tu vida para gustar más, de inventarte un personaje que no eres para someterlo a la opinión de los demás (olvidándote de lo que eres de verdad), de dejar que te juzguen por tu fachada, de presumir de lo que tienes para tratar de impresionar a gente que ni siquiera te cae bien… O si es mejor tratar de conocerte mejor a ti mismo, satisfacer tus deseos e inquietudes y aprender a vivir en armonía con lo que eres y sin demasiada ansiedad por llegar a ser lo que quieres ser, sin hacer mucho caso a la opinión de los demás, aunque te lo digan con todo el cariño del mundo y crean hacerlo por tu bien.

No quiero decir que nos cerremos a encontrar el respeto, el cariño y el amor de los demás. Ese no es el objetivo.
Sólo digo que debemos ser más conscientes de quienes somos y de qué queremos. Somos los únicos encargados de darnos y generarnos valor, porque apreciarnos a nosotros mismos es el primer paso para amar plenamente a otra persona. 
Además, las personas auténticas, independientes y con buena imagen de sí mismos nos resultan más atractivas que las complacientes, inseguras y negativas.
Conviértete en la persona que te gustaría ser, escucha a tus pasiones, así no tendrás miedo a quedarte sólo contigo mismo. Es más fácil amar a alguien desde el amor a nosotros mismos que desde la dependencia del reconocimiento ajeno.

La mejor manera de ser feliz con alguien es aprender a ser feliz solo. Así la compañía es una cuestión de elección y no de necesidad.

En este libro Jorge Bucay y Silvia Salinas se ayudan de una historia novelada para introducir sus consejos, terapias y enseñanzas. Aprenderemos de la mano de una terapeuta que se encuentra preparando un futuro libro, cómo superar una ruptura amorosa y cómo abrirnos al amor de manera plena y sincera.
En muchas partes de este libro de psicología/autoayuda he pensado que me estaban hablando directamente a mi, porque relataba a la perfección lo que me ha pasado y lo que he sentido. Y es que, aunque nos consideramos seres únicos y diferentes del resto, en realidad todo lo que nos pasa le ha pasado antes a alguien y todo lo que sentimos no es muy diferente de lo que sienten los demás (y si no pensáis así os recomiendo leer “El Banquete” de Platón, para que os deis cuenta que llevamos 3000 años pensando y sintiendo de la misma manera). Ahí va lo mejor que me ha enseñado Seguir sin ti:

Cómo superar una ruptura:

La mayoría de las personas sufren porque piden, buscan y no encuentran el amor.
La única manera de evitar esa frustración es buscar ese sentimiento en nosotros mismos. Conectarnos con esa fuente de amor que somos y darlo. Debemos aprender a amarnos y desde allí, convertirnos en personas con más y mejor capacidad de dar.

Tanto el amor de los otros como el que podemos dar es relativo. Todos amamos como podemos, porque todos estamos heridos.
El trabajo es querernos como somos, aceptando el amor que pueden darnos, porque ellos también han sido lastimados.

Ámame cuando menos lo merezco, porque será cuando más lo necesite.

En un desencuentro amoroso es todo un desafío poder expresar lo que le pasa a cada uno sin acusar al otro, sin defenderse. Para lograrlo hace falta dejar de lado la historia actual que cada uno se cuenta para justificar su inocencia y atreverse a abrir el corazón, primero cada uno frente a sí mismo, luego uno frente al otro.

Puede que cada vez que no te sientas valorado o reconocido en tu relación culpes al otro de despreciarte o no quererte demasiado. Pero es bastante probable que si miras con honestidad en tu interior, encuentres tu propia dificultad por reconocerte como una persona de valor.
No esperes que sea tu pareja quien despeje tus dudas sobre tu verdadero valor con sus dichos y acciones. En ocasiones esto puede llevarnos a buscar un amante para tener ese reconocimiento, pero pronto entenderemos que esa no es la solución. Nuestro valor percibido seguirá siendo el mismo.

Explora tus propias necesidades, con tu pareja y contigo mismo:
Necesito que no te ocupes todo el tiempo de tu trabajo, ni siquiera para que nada nos falte, porque en todo caso en ese camino, me faltas tú.
Necesito que me llames de vez en cuando para no pedirme nada.
Necesito poder llamarte cuando me hace falta, sin sentir siempre que te estoy interrumpiendo.
Necesito que me hagas notar que todavía te gusto y me deseas, aun antes de llegar a la cama o sin llegar a ella.
Necesito que comprendas mis ganas de estar una pequeña porción de mi tiempo en soledad.
Necesito saber que me piensas aun cuando no estamos juntos o especialmente en esos momentos.

No te olvides tampoco de tus tareas como pareja:
Quiero aprender a escucharte sin juzgar.
Quiero que me enseñes a hablar de nuestras frustraciones sin reproches.
Quiero que aprendas a confiar en mí sin exigirme.
Quiero enseñarte a ayudarme sin intentar decidir por mi.
Quiero aprender a discutir contigo sin pelear.
Quiero que me enseñes a cuidar de ti sin anularte.
Quiero aprender a mirarte sin proyectar mis problemas en ti.
Quiero enseñarte a abrazarme sin asfixiarme.
Quiero aprender a acercarme sin invadirte.
Quiero que me enseñes a potenciar tus habilidades.
Quiero enseñarte a comprender mis limitaciones.
Quiero… que después de lo aprendido, yo de ti y tú de mí, seamos capaces de elegirnos mutuamente una vez más.
Igual que aquél día, pero mejor… Porque hoy, lo que más quiero es saber que eres feliz cuando estás sin mi y más feliz aún cuando estamos juntos.

  • Encontrar nuestra pasión:

Cuando dos que conviven comienzan a aburrirse, tienden a echar la culpa de su hastío al otro: “Eres un aburrido” “Ya no eres como cuando te conocí”.

Uno no se da cuenta de que nadie, salvo uno mismo, es culpable de nuestro aburrimiento y que sólo nosotros podemos salir de ese agobio.
Mientras buscamos el éxito no nos paramos a prestar atención a lo que pasa en nuestras vidas y vamos perdiendo de vista el alma. Nos saturamos de proyectos y objetivos que la sociedad elitista y nuestro ego nos imponen. Nos convencemos de que debemos estar contentos ya que, por fin, estamos cerca o hemos conseguido hacer lo que siempre quisimos, esas metas que otros han diseñado para nosotros o nos han impuesto. Pero la felicidad no llega con los logros materiales que vamos consiguiendo, y entonces aparece el aburrimiento.
En ese momento llegamos a una falsa conclusión: Si tenemos todo para ser felices y no lo somos, lo que no funciona debe ser la pareja, sin darnos cuenta que lo que no funciona es la rutinaria vida que llevamos.

Debemos indagar en nuestro interior para saber si respetamos nuestras necesidades, si somos fieles a nosotros mismos o si hemos vendido nuestra capacidad de disfrutar de la vida a cambio de una pequeña porción de confort.
Debemos correr el riesgo de dejar por un momento lo seguro y atrevernos a vivir como queremos, recuperando la libertad, la frescura y la creatividad.

A veces nuestra pareja no está de acuerdo con nuestros sueños y nuestras metas, pero no puedes sacrificar tu objetivo en la vida sólo porque tu pareja no lo comparta. No quieres estar con alguien para compartir un fracaso eterno. Es mejor correr el riesgo de disfrutar y padecer, aunque sea en soledad, la vida que tú eliges para ti. Si tu pareja quiere que elijas entre tus pasiones o ella, la decisión está clara.

Puede llevar años lograr que el interior se exprese, pero su voz jamás renuncia antes de encontrar la forma y el momento de hacerse lugar. La voz interna de nuestras pasiones siempre está allí, intentando iluminar lo que sucede, sólo es necesario atreverse a escucharla.

No quieres, no debes y no puedes culpar a tu pareja de todos los pequeños placeres de los que te privas libremente. Gastas más energía en buscar excusas para no hacerlo que lo que te costaría hacerlo realmente.
Tu mejor amigo, que eres tú mismo, te está pidiendo ayuda hace mucho tiempo. Y se la estás negando.

De pequeños sabemos muy bien lo que nos gusta y conectamos perfectamente con nuestras pasiones. Somos ingenuos, confiados, optimistas, nos sentimos únicos, valiosos y amorosos. Pero a medida que se nos “educa” nos centramos en ser lógicos, serios, coherentes, no hacer locuras, hacer “lo que corresponde” e ir perdiendo de vista lo que nos gusta y nos hace realmente bien.

Las metas que nos imponen no nos satisfacen, ya que hemos perdido algo en el camino. Para sentirnos plenos debemos recuperar lo perdido, mirar hacia adelante y ponernos en contacto con ese niño espontáneo que tenía en cuenta sus deseos y emociones, que satisfacía sus locuras en lugar de buscar aprobación constante.
Se nos enseña a ser agradables siempre, no ser caprichosos, reprimir nuestros deseos, dejar de escuchar nuestro interior y acallar su enojo. Estamos condicionados por “lo que debemos ser” y acabamos pagando el precio de la insatisfacción.
Escucha a tu cuerpo, esa voz interna que acallas y que en ocasiones se manifiesta en forma de tensión, dolores y enfermedades. Déjate llevar por tus sensaciones, permítete sentir como te sientes, aunque no tenga explicación “lógica”.

  • Tras una ruptura:

En el alma no existe el olvido.
Nada, por desagradable y doloroso que sea, se puede borrar voluntariamente ni extirpar como si fuera un apéndice gangrenado. Siempre quedará “la presencia de la ausencia”.
Un vínculo íntimo como el de la pareja muy difícilmente se termina del todo. Pero si uno quiere reabrirse de nuevo al amor deberá dedicar mucho tiempo al proceso para lograr que la relación que terminó quede inscrita lo mejor posible en su interior.
Tras una separación quedan guardados sentimientos que deben expresarse, por el dolor de sentirnos injustamente maltratados, humillados, engañados o abandonados.
Porque el enfado reprimido nos ha dejado varados en el lugar de víctima “involuntaria” de las acciones del otro, generando un resentimiento que sino se resuelve se transformará en rencor. Siempre nos cuesta dejar lo que amamos y casi preferimos aborrecerlo, en la sospecha de que así se hará más fácil la partida.
Entonces, doloridos, lastimados y llenos de odio, buscamos sosiego por el camino equivocado: queremos vengarnos, hacerle sufrir y, por supuesto, borrar a quien fue nuestra pareja del mapa de nuestra vida.
Si no logras superar estos sentimientos, la persona a la que pretendes olvidar aparecerá a cada instante, perturbándote cada vez más.

Es difícil poner fin a una pareja. Es difícil despedirse. Preferimos quedar ligados a ella, aunque sólo sea por el odio.
¿Cómo te despides de alguien que era casi omnipresente en tu vida?
Necesitarás aceptar vuestra historia, sin pelearte con ella. Asumir lo sucedido, simplemente porque así ha ocurrido. Luchar contra el pasado es una batalla perdida, es inútil gastar energía en eso.
Aunque lograses cargar todas las culpas en tu ex-pareja, eso no evitará la tristeza ni borrará el dolor de la pérdida.
Lo importante en el proceso de un duelo es aprender a enfrentarse con la ausencia de aquello que no está, tolerar la impotencia frente a lo que se quebró y hacerse fuerte para soportar la conciencia de todo lo que no pudo ser.

Debes ponerte en contacto profundo con tu tristeza, aunque te haga daño.
A tu corazón poco le importa de quién fue la culpa, sólo siente el dolor de lo perdido.
No se trata de suprimir el enfado, sino de trascenderlo. Vivir la pérdida y aceptarla. Encarar la tristeza de darte cuenta de que tu relación no ha funcionado, que todo lo que has hecho no ha bastado, que todo el amor que os habéis tenido no ha sido suficiente.
El resentimiento te aleja del amor y te impide disfrutar siquiera de las cosas que más deseas y te gustan.

Realiza estos dos ejercicios:

  1. Escribe una carta para ti mismo como si fueras tu ex-pareja. Trata de ponerte en su piel y describe cómo te sientes.
  2. Escribe 2 listas, en una todas las situaciones que te han enojado de tu pareja y en otra todas aquellas cosas que la relación te ha enseñado y lo que tienes que agradecerle al otro.

Cancela tus asuntos pendientes con tu ex, llora lo que debas llorar, grita lo que debas gritar y perdona lo que debes perdonar.
La comprensión y el perdón hacia tu ex, más que una gracia hacia él, será un gesto de consideración y de amor hacia ti mismo. Aceptar no es resignarse, comprender no es estar de acuerdo y perdonar no es olvidar.

“Hubiese sido maravilloso que hoy me encantara tu forma de ser, como sucedió cuando nos conocimos.
Me hubiera gustado que hubieses actuado de la manera que yo necesitaba y deseaba. Seguramente tampoco yo actué de la manera que tú necesitabas y deseabas. Pero tú no estás aquí para ser quien yo quiero ni yo para intentar volverme el que tú quisieras.
Cada uno es quien es, y compartimos desde siempre un deseo común: ambos pretendemos ser aceptados tal como somos.”

Acepta lo que no pudo ser y cierra el capítulo de lo que se perdió: Te quise mucho. Todo lo que te di, lo di con ganas. Tú me diste muchísimo y lo honré. Por aquello que entre nosotros fue mal, yo asumo mi parte y te dejo la tuya, aunque te doy las gracias por ambas. Y ahora, te dejo en paz…

Acepta que eres quien eres para que la culpa se diluya y puedas iniciar el cambio. Siéntete responsable de tus actos, pero nunca te sientas culpable de ser quien eres.
La culpa es un estado de disputa entre lo que somos y lo que queremos ser. Nos cuesta aceptar que hacemos lo que podemos. Hacer siempre “lo que debemos” consume nuestra energía y nos amarga.
Igual que el alcohólico no sale de su condición por mucho que todo el mundo lo culpe, lo denigre y le digan que está mal beber; sólo podrás dejar atrás tus sentimientos negativos cuando reconozcas y aceptes tu estado y en lugar de sentirte despreciable, te consideres querible, digno de ayudarte y de recibir ayuda.

La base del sufrimiento humano es el enjuiciamiento propio. Cuando nos amamos, aceptamos y valoramos sin juzgar nuestras carencias, nuestra imperfección y nuestra vulnerabilidad, no perdemos tiempo en pelearnos por cambiar. Es entonces cuando el amor y la compasión crecen en nosotros y, para nuestra sorpresa, el cambio se produce sin esfuerzo.

  • El miedo a quedarse solo:

Cuando estás en armonía contigo mismo, la soledad es un privilegio.
El aspecto más negro de la soledad es la urgencia de estar con alguien, la necesidad de una persona que te ame y rellene tus huecos.
Por instinto creemos que sólo podremos sobrevivir en el mundo si nos cuidan física, material y emocionalmente. Cuando somos bebés el amor y el cuidado nos salvan y su ausencia nos asusta y nos hace sufrir.
El temor a quedarse solos nace de una “necesidad” que buscaremos satisfacer a lo largo de nuestra existencia: ser queridos infinita, permanente e incondicionalmente.
Cuando el amor, el aprecio, la ternura o el reconocimiento no llegan de la manera, en la intensidad o en el momento en que los esperamos, se instala en nosotros el miedo a no ser queribles, suficientes o valiosos.
Algunos buscarán esa confirmación a través de la aprobación constante de los demás, otros se quejarán y llorarán para llamar la atención, muchos se someterán a lo que se espera de ellos y otros tantos se aislarán para no enfrentarse a “la verdad” de que nadie los quiere.
Así creamos nuestra personalidad: un muro que nos protege, pero también nos aísla. Dando paso a nuestros aspectos más neuróticos y contradictorios.

Cuando amamos, crece en los dos una tendencia a abrirse y mostrarse tal cual somos. El amor rellena y sana los huecos de nuestra vulnerabilidad. Pero el miedo sigue ahí, amenazante, a veces oculto y otras frenando el amor.
Si no nos quitamos las máscaras y nos mostramos tal cual somos, no es posible el amor, pues el otro sólo amará un disfraz y tendremos la certeza de que si no nos conoce realmente no puede querernos.
Quitarse el disfraz es un riesgo, vivir y amar también lo son. Pero nada de eso es comparable al dolor de no conocer el amor. La vida no vale gran cosa sin él.

Todos nos hemos enamorado alguna vez del amor. A veces tenemos tantas ansias de amar que imaginamos en el otro lo que sea necesario para poder enamorarnos. Después, cuando conocemos a la persona real, caemos en la cuenta de que nos hemos enamorado de una fantasía.
Son amores inventados, vínculos imaginarios entre quien no soy y quien no eres. Son tan sólo la necesidad de creer que está sucediendo lo que buscábamos.
Al inicio de toda relación amorosa hay un período muy pasional donde se mezcla lo que imaginamos, lo que proyectamos y lo que somos realmente.

El enamoramiento es más una relación con nosotros mismos que con el otro, aunque elegimos a una persona para adjudicarle ese ideal.
Cuando nos deshacemos de la ilusión y la idea de lo que es el otro, comienza la posibilidad de que el amor suceda, porque el amor sólo se da entre 2 personas de carne y hueso y no entre 2 ilusiones.
Poder albergar las diferencias entre esa ilusión y la realidad es una de las cualidades del amor. Porque si el otro aceptase parecerse al papel que tú le adjudicas, acabarías y dejándolo. Nadie puede estar en pareja con una marioneta.
Las diferencias y la confrontación son mucho más necesarias de lo que parece. Os vais a amar sólo si sois quienes sois y os mostráis de esa manera.

Tu pareja es como un maestro que está contigo para enseñarte lo que te falta aprender.

  •  Asumir la pérdida:

Acepta que la vida no responde a todos nuestros deseos ni se ajusta a nuestros méritos.
La realidad nos golpea a cada momento mostrándonos que nada se puede atesorar, pero a la vez nos enseña que siempre podemos comenzar una vez más, con lo nuevo que la vida nos trae.
Por eso es preciso aceptar que pasó lo que pasó y soltar “lo viejo”. Admitir que no podemos cambiar el pasado, pero si la forma en que interpretamos lo que pasó.
Saber sacar todo lo positivo de aquello que más nos cuesta aceptar. Comprender que las heridas, frustraciones y desengaños de nuestra vida nos han hecho construir nuestras habilidades, recursos y aprendizajes.

Aprender a amar: Cómo abrirse al amor:

  • La “ceguera” del amor:

Los ojos de la pasión lo cubren todo con un velo mágico, especialmente lo desagradable de cada uno. Durante ese período los amantes suelen ver al otro como la misma encarnación de lo perfecto.
El amor distorsiona lo que se ve en el amado, sólo ve el alma del otro, y algunos detalles externos, más terrenales, se hacen poco perceptibles.

La consolidación de una pareja no es un punto de llegada, sino más bien un nuevo punto de partida. El amor nunca permanece estático, siempre está creciendo o muriendo, y por eso necesita cuidado y alimento siempre. Sólo ese cultivo permanente permite atravesar el puente del presente al futuro.

No nos atrevemos a dejar de lado nuestro ego para no correr el riesgo de quedar vulnerables ante el otro. Si no nos arriesgamos, nunca podremos saber si el encuentro de almas ocurre. Es decir, si el verdadero amor aparece.
Estar en pareja implica no sólo la capacidad de albergar la dulzura del amor, sino también la capacidad de enfrentar juntos las tormentas que desata la personalidad de cada uno.
Cuando dejamos de explorar a nuestro compañero o compañera, por desinterés, distracción o porque damos por sentado que ya le conocemos, todo se extingue.

  • El amor después del amor: 

Si el dolor se prolonga o su intensidad no se corresponde con la pérdida, cabe preguntarse qué cosa de nuestra historia está en medio.

Deja de centrarte en el pasado, en los motivos y en las causas. Enfócate en el futuro y trabaja para cerrar heridas, con la intención de prepararte para una vida mejor.
Tras una separación solemos cerrarnos y tomar distancia del amor. Pero algún día el ansia de volver a amar aparece nuevamente. Si hemos sufrido mucho, seremos distantes, cerrados y desconfiados.
Dudamos del otro, pero también de nosotros mismos, tememos que aparezcan nuestros antiguos patrones de conducta, esas viejas actitudes que sabemos que no funcionan, y sin embargo no podemos evitar.

Cada relación es una nueva oportunidad para resolver viejos problemas. Los conflictos de pareja nos brindan la ocasión de conocernos y madurar.
Cuando nos instalamos en el miedo, tememos ser heridos y el corazón se cierra, el ego toma el control y queremos un disfrute sin riesgos. Nos volvemos posesivos, queremos todo de todos.
Existe la tendencia de creer que es el otro el que “nos da” su amor. Aunque en realidad el otro es sólo un espejo del amor que damos. Amar es encontrar al ser que es capaz de reflejar el amor que irradiamos.
Si no vemos al otro como un espejo, creemos que al separarnos se lleva también nuestra capacidad de amar. Pero esta es mía y nadie puede llevársela. Conocer y aceptar nuestros temores nos ayuda a superarlos.

Si el amor gana sobre el miedo y sabemos mirar y dejarnos mirar, tendremos la mejor ocasión de madurar, y nuestra capacidad de amar irá en aumento.
Si dejamos de buscar un amor perfecto e idealizado, seremos capaces de disfrutar de un amor real, entre personas reales.

  • Pasión y sentimiento. Recomendaciones:
  1. Necesitamos ser conscientes de que la fuerza erótica, el enamoramiento y el amor, al principio se parecen. La pasión muestra destellos del amor al que finalmente puede llegar a dar lugar y por eso es fácil confundirlo.
  2. La única manera de saber si el amor tendrá lugar es darle tiempo a la relación. Al principio el enamoramiento borra las diferencias. Con el tiempo esas asincronías aparecen y se rompe esa burbuja de “relación ideal”. Ese es, paradójicamente, el primer momento en el que es posible comenzar a trabajar en la construcción de una relación trascendente.
  3. Hay que dar lugar al conocimiento mutuo. Promover un conocimiento real, verdadero y profundo. Es muy común sentir en algún momento una pequeña decepción si algo no es como esperamos, pero no debemos desanimarnos.
  4. Observar los miedos propios y los del otro, porque el miedo es el enemigo del amor y el mayor obstáculo para llegar hasta él. Dejar a un lado la coraza de la personalidad, que nos protege, pero que es una traba para el fluir de los mejores sentimientos.
  5. Una vez superados los miedos básicos (temor a fundirse, ser absorbidos, quedar asfixiados o ser dañados por el otro) debemos enfrentarnos al apego a la persona amada, la idea de no poder vivir sin ella, el temor al abandono.
  6. Es necesario dejar atrás las expectativas y los prejuicios, suplantándolos por el interés genuino en el otro, como persona y no sólo como pareja.
    Es imprescindible crear el clima para escuchar y ser escuchado. Sólo así podremos dar lo que al otro le apetece y no sólo lo que a nosotros nos gustaría recibir y viceversa.
  7. Aceptar que hombres y mujeres expresan sus sentimientos de manera diferente. Una mujer puede sentirse muy cómoda contando lo que siente y el hombre pensar que hacer explícitas sus emociones le expone y le debilita.
    No es raro que la mujer hable de lo que siente y el hombre trate de “expresar” su amor siendo servicial, útil, protector. La relación prosperará si ambos descubren juntos la manera que cada uno tiene de expresar el amor. Sin esta condición no hay comunicación, y sin comunicación el amor no tendrá un vínculo trascendente.
  • El inicio de una relación:

Cuando se establece una nueva relación donde parece que el amor asoma y el contacto se hace intenso, el entusiasmo se apodera de nosotros, nos sentimos creativos, inspirados, parece como si el otro sacará la mejor versión de nosotros.
En realidad, lo que nos inspira es sentirnos llenos de amor, especialmente del propio y no tanto del que el otro nos da. El otro tiene la posibilidad de pulsar en un lugar especial y hacernos despertar esa parte dormida, pero no debemos olvidar que esa parte era y es nuestra.

Al iniciar una relación se abre un nuevo camino, con vaivenes, avances y retiradas que siguen el movimiento de las dudas y prevenciones que la historia ha ido depositando en el corazón de cada uno.
No siempre sabemos aceptar esos vaivenes y pretendemos andar sin sobresaltos.
La prosperidad de una pareja depende de la manera en que encaremos esos movimientos, porque es imposible pretender que no se produzcan.
Necesitamos retiros momentáneos y su posterior acercamiento para ir afianzando la relación. Pero si ese retiro se toma como un abandono, aparecerá el reclamo, el reproche y la pelea. Producto de nuestro miedo a no ser queridos o elegidos.
Pretendemos convertirnos en el centro de su atención sin contemplar siquiera que somos los recién llegados al mundo del otro: un mundo previo lleno de trabajo, amigos, hábitos y costumbres que no desaparecen porque hayamos aparecido.

Cuando nos alejamos momentáneamente, en nuestra soledad podemos ejercitar nuestra confianza, liberarnos de la necesidad de confirmación constante, para observar libremente quién es uno, quién es el otro, y desde allí elegir volver a encontrarnos.
A medida que la relación crece, las retiradas disminuyen y es posible permanecer con confianza en la intimidad, aunque no está de más concederse, de mutuo acuerdo, espacios a los cuales “retirarse”.

  • La magia en la pareja:

Cuando conoces a alguien te sientes atraído por todas las características que le diferencian de ti. Esas diferencias son lo mejor que os puede pasar, aunque luego debáis aprender a convivir, tolerar, compatibilizar y complementar vuestras diferentes maneras de ser. El intercambio enriquecedor sólo puede ocurrir entre dos que no coinciden.

La magia siempre será un misterio, si no no seria magia. Y en la pareja lo es aún más. No existe una fórmula para producirla, ni manera de describirla. Sólo la conoce aquel que la ha experimentado.
Debemos remover aquellas trabas que empequeñecen la magia hasta hacerla desaparecer y aprender a disfrutar de ella para evitar que se pierda por las grietas que van apareciendo en la pareja.

Lo que al principio adorabas de tu pareja, un día empieza a irritarte y la magia parece diluirse. La solución no es pedirle al otro que deje de ser quien es, sino reconocer que cuando algo me molesta mucho en el otro, esto se relaciona con algún aspecto mío con el que tengo dificultad. La pelea externa es una muestra de una lucha interna. Puedes ver en el otro lo que te falta y por eso al principio te atrae, pero cuando no lo logras tú también, te irrita verlo en él.
Debemos convertir al otro en un maestro, en lugar de en un enemigo. La magia volverá y los conflictos serán una señal dolorosa de los aspectos que debemos desarrollar.

La relación de pareja es uno de los más fieles espejos en los que mirarnos. Nos enfadamos con el espejo porque la imagen que nos devuelve no nos gusta: “Eres tú el que me haces horrible”.
La mirada de nuestra pareja nos recuerda en silencio esa parte de nosotros que detestamos, pero que sigue allí.
Para que la magia vuelva o no desaparezca, tendremos que permitir abrirnos y enfrentarnos al miedo de encontrarnos con lo que tememos.

Necesitamos dedicar tiempo a nuestra pareja en un mundo cada vez más exigente y ajetreado. Pararnos a hablar de nosotros. Disfrutar de nuestra presencia con el único motivo de compartir tiempo juntos.
Piensa en algo que no te guste de ti mismo y que sea motivo de disputa con tu pareja. ¿Te gustaría que tu compañer@ te ayudara con eso?
Hablad sinceramente sobre ese aspecto y tu dificultad, y pídele ayuda. Atrévete a mostrar tus necesidades y déjate ayudar sin reproches ni excusas.
Ofrece el mismo favor que has recibido, abriendoos mutuamente a los aspectos difíciles de cada uno, mostrando vuestras debilidades en lugar de levantar muros de defensa.
Así crecerá la confianza y cada uno será el maestro del otro, allanando el camino para que la mágica conexión de almas aparezca.

  • Los celos:

Los habituales parten de la desconfianza en el otro o en uno mismo.  También podemos sentir celos de su trabajo y de su compañía o por poner interés en alguna actividad que no nos incluya.
Los celos son más la expresión del temor a ser excluidos de una actividad de la persona amada, más que el fastidio de compartir su amor.

La relación no puede llenar todas las necesidades de ambos. Siempre habrá algo que el otro necesite buscar fuera y eso no tiene por qué ser anormal ni preocupante. Somos limitados, no podemos serlo todo para el otro y esto, muchas veces, despierta nuestras propias inseguridades. Aparece el temor de que encuentre a alguien más adecuado, más completo o más satisfactorio que nosotros.
Entonces comenzamos a necesitar, a pedir y a exigir que el otro no nos quite la mirada de encima, que nos demuestre “que lo somos todo en su vida”. No es suficiente con ser lo más importante. Ciegos de celos, queremos, además, ser “lo único que importa.
Y no es así. Nunca es así. Por lo menos en relaciones adultas y sanas. “No puedo vivir sin ti” es la expresión de una grave patología: co-dependencia.

Si pretendemos que nada sea buscado fuera de la pareja, algo anda mal, igual que si todo o casi todo se busca afuera, también algo anda mal.
Siempre habrá alguien que pueda cubrir mejor que nosotros aquellos aspectos que tenemos menos desarrollados o que menos nos interesan, pero de ninguna manera esto quiere decir que perdemos el amor por el otro.
Debemos estar atentos a los celos para tomarlos como una señal de aquellas partes que nos quedan por descubrir o que hemos descuidado de nuestra relación de pareja.

El mayor alimento a nuestros celos no es lo que nuestra pareja hace, sino nuestras carencias e inseguridades. Empezamos creyendo “Si me quisiera, sólo tendría ojos para mi” para concluir que “Si sus ojos no son únicamente para mí debe ser que yo no valgo lo suficiente para él” y de ahí pasamos al pensamiento auto-destructivo: “Yo no valgo. Si yo fuera él, elegiría a otra persona.”

Toda relación auténtica está impregnada de libertad. Debemos admitir que siempre estamos expuestos a que el amor se pierda y que no es posible ni deseable guardarlo en una caja fuerte.
El amor nace con el riesgo de su pérdida. En cada momento nos estamos reeligiendo y eso es parte de lo que lo hace emocionante.
Volvernos posesivos y vigilantes termina siempre hartando al otro y alejándolo de nosotros.

  • El paso del tiempo y su influencia sobre el deseo en las parejas:

El deseo, la pasión, el erotismo y la actividad sexual parecen disminuir y a veces casi desaparecer de la vida de una pareja consolidada. ¿Es natural que así sea? ¿Es inevitable?

Casarse o establecer un vínculo estable es el símbolo del compromiso y la responsabilidad que adquirimos con nuestra carrera y nuestra vida. Poco a poco nos iremos transformando en alguien que tiene que cumplir con lo que se espera de él. Queremos que las cosas nos vayan bien, pero la presión del “éxito” es muy grande.
Así, solemos perdernos de nosotros mismos y vamos renunciando poco a poco a la alegría, frescura y espontaneidad. Sin estas tres herramientas no puede haber una sana sexualidad.

Cuando aparece la falta de pasión, de deseo o erotismo, creemos que es un problema de sexualidad erróneamente, y buscamos entonces soluciones equivocadas: Cambiar de compañero sexual, tener sexo por el sexo mismo o tomar medicamentos que recuperan la función, pero no el deseo.
Ese sexo no implica una conexión con el otro, no eleva a nadie, es un sexo sin sexualidad. Para acceder a esa sexualidad saludables, el único camino es el del amor.

Desarrollar y mantener un contacto sano con la vida es ser uno mismo y enamorarse de estar vivos en todos sus aspectos. Cuando el terreno está listo, florece nuestra mejor sexualidad.
En una pareja estable hay intimidad, conocemos sus maneras de hacer el amor y nos gusta saberlo, nos da tranquilidad; aunque, claro, no hay sorpresa, no hay misterio, no hay aventura. Sin ellos aparece el riesgo de aburrirnos y la alta probabilidad de que la pasión se pierda.

Si nos relajamos, si dejamos de buscar el encuentro, si nos olvidamos de “regar y hacer crecer” nuestra pareja, las cosas que nos unieron dejarán de hacerlo.
Necesitamos ser conscientes de que no somos dueños de nuestra pareja, pero nada es constante ni seguro en esta vida. Creemos que nuestra pareja siempre es la misma, pero no es así, sino que queremos creer que así es.
La verdadera pasión se mantiene descubriendo que nosotros, los dos, somos un poco distintos cada mañana; y a partir de ahí, el sexo, la pasión, el deseo y la atracción por el otro pueden renovarse día a día.
Es necesario entrenar la pasión ya que no hay cosas apasionantes, sino pasión puesta en las cosas.

  • Recuperar la magia:

Nuestro compañero es un maestro. Un iluminado que nos enseña cosas importantes de maneras muy extrañas. El amor y sus desencuentros nos muestran los problemas que siguen habitándonos y que no conseguimos ver de otra manera.
La maestría de la pareja y nuestra disposición a aprender nos coloca en el camino de producir o recuperar la magia del vínculo.
Si cada uno se mira en ese espejo que es el otro, encontrará la clave para desarrollar sus debilidades y hacer crecer las cualidades que vemos en el otro pero creemos no tener. Así accederemos al caudal amoroso e inagotable que todos tenemos dentro.
Haremos todo lo posible por no cerrarnos cuando algo nos hiera o no nos guste. No hay conflicto que no tenga salida.

El camino del amor es salir del desamor hacia nosotros mismos, sobre todo porque las dificultades de pareja tienen que ver con esa herida esencial por la que no nos queremos lo suficiente.

Para recuperar la magia necesitamos quitar los frenos a nuestro amor, dejarlo fluir, ayudarnos en lugar de vengarnos, aliviarnos en lugar de tomar revancha, transformar la energía del enfado en un crecimiento y celebrar la vida tal como se presenta, sin intentar que sea otra.

Entonces aparece la verdadera magia, la idea y el deseo de que es posible completarme en el otro.
No es necesario que nadie me dé lo que ya tengo. Nada nos falta. Pero sí precisamos de alguien que, con amor, sea el espejo en el que podamos vernos sin temor. Será la ayuda que me permitirá volverme la mejor persona que puedo ser.

FIN.

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Seguir sin ti – Jorge Bucay y Silvia Salinas
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